Nunca me gustaron mucho las Barbies, ni jugar a las visitas ni a tomar el té ni esas cosas. En cambio, me encantaba jugar a los autitos y al poliladron y al fútbol.
La literatura era acorde. Hasta bien entrada la adolescencia no me enganché con "Mujercitas", "Una chica anticuada", "Anne, la de Tejados Verdes" y ese tipo de lecciones de vida sobre lo que es ser una muchacha virtuosa, y en cambio tenía como libros de cabecera a Tom Sawyer ( en todas sus aventuras) y Huckleberry Finn.
Algo que envidié toda mi infancia de la vida varonil, y de la infantil yanqui en general, eran las "casitas del árbol" que parecían una constante en los relatos.
YO QUERÍA UNA CASITA DEL ARBOL.
Claro que mi doble condición de niña y de chica-de-departamento hacían de éste deseo un imposible.Hoy, muchos años después, igualmente macha, pero más disimulada, me vengo a enterar gracias a la sempiterna colaboración de mi amigo S-kiel, que lo que yo estimaba un sueño, existe!!!
Y está en Capital Federal! En la calle Scalabrini Ortiz!
Que se sepa: en Capital Federal, en la Jungla de cemento, en la Urbe...está la verdadera casita del árbol.
Aquí las pruebas.